martes, 10 de mayo de 2011

El doctor de mi mamá.

Ayer mi mamá se sintió mal de nuevo. Van dos, con esta, tres, veces en la vida en las que se siente mal de lo mismo. Le llamó a su neurólogo de siempre y no podía atenderla. Pidió una recomendación y así es como a las nueve de la noche fuimos a dar a unos consultorios perdidos en las inmensidades de una ciudad mía que realmente no conozco. Toluca es diferente de noche; no siento que llevo más de la mitad de mi vida viviendo aquí, pues.

Pero eso da para otro post. A lo que voy. Llegamos y después de un rato de quejarme en tuiter acerca de la novela que pasaban en la tele de la sala de espera, nos pasaron con el doc. Lo primero, obvio, fue armar el expediente nuevo de mi mamá así que le empezó a hacer varias preguntas. Yo me dediqué, como en estos casos, a chismosear las paredes y los estantes llenos de libros del doctor. Supongo que la vida de hija única me desarrolló la divertida habilidad de desaparecer mientras los adultos hablaban y, como desparecer hacia la contemplación cuasipunitiva de lo que me rodeaba siempre me ha funcionado, pues eso precisamente me puse a hacer.

El doc me cayó bien por dos razones, la primera es que hablaba pausado y buenaonda y la segunda es que tenía toda una colección de cositas referentes a la fe -o a varias fe´s debo decir- que lo convirtieron en mi persona favorita del día; por interesante.

Pasó a mi mamá a revisión a un anexo, de ésas revisiones de señora camine en línea recta y dígame donde le duele y me invitó a pasar. Luego pasó algo chistoso; después de dos minutos de verlo revisar a mi mamá supe que si le ponía la debida atención en el debido momento a un relieve grandote que tenía sobre la depresión (psicológica, no fisiológica -la mía-), me iba a preguntar que por qué me interesaba. Dicho y hecho. Me sacó algún comentario sobre el galán que no funcionó y de ahí salió el tema de mis antidepresivos y mi insomnio, mi eterno insomnio.
Después de recetar a mi mamá y darle varias recomendaciones, se enfrascó en una psicologeada (medio mal hecha, pero bien armada, hasta donde pudo llegar) de por qué podría tener yo depresión/ansiedad/insomnio. Eso estuvo bien, y hasta cierto punto acertado pero lo realmente interesante ahí es que me dio más tiempo de verlo sentado de frente, de espalda a sus libreros y adornos, y me dieron ganas de sacar dos que tres consultas en el futuro nomás para ir a platicar con él.

El señor doctor en neurología tenía un ojo de horus colgado frente a una oración de la fe cristiana. Justo abajo de un estante chiquito con una sagrada familia católica y un crucifijo. En el escritorio tenía un elefante hindú y del lado derecho, donde se ponen las placas, una diosa hindú y varias imágenes de buda y otras referencias al budismo. En los estantes se podían ver libros de neurología pediátrica, psicoterapia fundamental (Freud, ¿anyone?), estudios de cirugía avanzadísima, tratamiento psicológico para controlar el dolor (¡deme ocho para llevar!), entre los básicos -supongo- de cualquier doctor del área.

Mientras lo escuchaba darme dos que tres consejos, le seguía dando una buena repasada a varios otros títulos que me hacían pensar órale que doctor tan chistoso, imagínense, después de lo anterior, llegué a un estante tipo Cohelo y de algo así como "Puedo porque creo que puedo" y hasta risa me dio...
El doc seguía bien entrado en su plática, iba y venía de experiencias con sus demás pacientes, tratamientos que él creía que le podrían funcionar a mi mamá, opiniones acerca de mi infelicidad en la vida, hasta que supe, como con el relieve de la depresión, que si veía mi reloj en del debido momento y durante el debido tiempo, se sentiría incómodo de platicar tanto, le escribiría la receta a mi mamá y tantan se acabó.

Lo hice, se sintió incómodo, dijo que ya casi iba a terminar, se disculpó. Dijo que a él le gusta darle tiempo a sus pacientes. Me cayó extremadamiente bien.

Receta, mucho gusto, gracias por todo, nos vemos en un mes, cuídese mucho señora, felicidades por el día de las madres, mija piensa lo que te dije, ya es tarde, hasta luego.

Nos fuimos, yo cerré la puerta de espaldas para toparme dos cristalitos, apenas visibles, de feng shui colgando del marco del lado izquierdo.

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